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Plano cartesiano en el fin del mundo


Carlos Andrés Cazares

A y B se encontraron minutos antes de que el mundo se fuera al carajo. El anuncio de alerta llegó en un breviario de tres palabras a través de la radio: TOQUE DE QUEDA. Después de aquellas palabras, un golpe de estática le reemplazó. En toda la ciudad se escuchó aquel ruido, como si de una sinfonía se tratara. Al unísono y en sintonía, cada hogar quedó con la radio encendida, a la espera de algo más. Tal vez unas palabras de aliento o un llamado de esperanza. Cinco minutos más tarde, la sinfonía perdió su ritmo y tempo. Una a una, las casas apagaron los aparatos. La esperanza no había llegado en ese lapso y todos sabían que nunca lo haría. La ciudad sea pagó lentamente, igual que el aliento de un moribundo.

El día en que conocí a B las tiendas del centro habían empezado a cerrar. Corría en las calles el rumor de un posible holocausto. Quienes estuviesen menos preparados, serían los primeros en sucumbir. El rumor se había extendido sin precaución, empezó en el eje cero de la ciudad y arrasó con todos los incautos que decidieron escucharlo. Solo se necesitaron tres días para que la última esquina, la periferia, cerrara también todo tipo de lugar de comercio. B había aparecido en la ciudad desde hace dos semanas, unos días más o menos. Le hallé sentado frente a la plaza mayor. Tenía un vaso de cartón con café hirviendo. Llevaba unas botas cafés, que le llegaban hasta las canillas. Un pantalón beige, deshilado sobre las pantorrillas, allí se juntaban, desordenadas, con los cordones de los zapatos. Por abrigo usaba un chaquetón azul que le cubría los pulgares, Lo tenía cerrado, siempre estaba así. Sobre el cuello había improvisado una bufanda con una especie de cobija. La había recortado y amarrado de tal forma que parecía diseñada para el fin que él le había propuesto. Sus ojos se posaron en mis manos cuando encendí un cigarrillo. Se paró con cuidado de no derramar su café y se acercó. ¿Me regala candela? Dijo. Sacó de su bolsillo izquierdo un paquete de cigarrillos. Estaba recién abierto, por lo menos se habría fumado uno o dos en las últimas horas. Se llevó el pucho a la boca y señaló con la cabeza mi encendedor. Lo acerqué y una humareda salió de su boca. Se estuvo unos segundo más frente a mi y me preguntó: ¿Qué hace por aquí? Ya está pensé. Miré su pelo, rizado por partes, sucio en otras y le respondí mientras tomaba mi cigarro con la mano: Hace un tiempo no venía por estos lares. Quería echarle una mirada antes de que los rumores se hagan realidad. El tipo se echó a reír. Su café, siguió intacto y sus ojos se tiñeron de oliva profundo.

–Ustedes… Los de esta ciudad, están muy mal. Un rumor y todo se va a la mierda.

Hablaba con mucha confianza, no le habría puesto más de 20 años, pero su voz, las palabras que utilizaba y su mirada, eran inquietantes. Desbordaba seguridad. Le di una calada a mi cigarro y lo tiré al piso, estaba tratando de dejar de fumar. Lo hacía más por el dinero que por mi salud, estaba perdiendo mucha luca con los cigarros. Y usted, empecé a hablar, ¿qué hace por aquí? Alzó su vaso de cartón, como si de un cáliz se tratara y me lo ofreció. Negué con la cabeza, había bebido café hace muy poco. Ladeó su cuerpo y torció la boca. Bebió de su café y respondió: Nada... No pude evitar la carcajada. No sé qué esperaba por respuesta.

Detrás de mí empezó a sonar una alarma. Volteé por reflejo y vi un grupo de personas correr. Señoras con bolsas en las manos y algunos niños con morrales en la espalda se abalanzaron sobre nosotros. Logré esquivarlos, cosa que B no pudo hacer a tiempo. Su café se fue al piso. Tuvo más interés en salvar el cigarro, el cual cogió con la mano izquierda y lo llevó tras de sí. Detrás de la bandada, dos hombres, con bolillo en mano iban gritando que alguien les detuviera. Es lo que pude inferir además de los madrazos y los soplidos del cansancio. Segundos después todo volvió a la normalidad. Los autos siguieron pitando a lo lejos, la señora de los tintos siguió vendiendo su brebaje y los comerciantes continuaron con sus arengas en descuento. B se quedó mirando su café derramado, no existía nada más para él en ese instante, su cuerpo estaba entornado y la cabeza gacha hacia el piso. Llevó lo que quedaba de su cigarro a la boca y siguió contemplando el suelo. El poco líquido que aún estaba en el vaso, fue saliendo lentamente, desparramándose entre los adoquines.

–Vamos por un café. Conozco uno cercano que aún no ha sucumbido al pánico. Lo traen de no se donde y se supone que es de origen. Está bueno y es barato.

B, con la misma posición de antes me volteó a mirar y sonrió, sus ojos se hicieron miel. Le señalé el camino y empecé a andar. Segundos después lo tenía a mi derecha, caminando con las manos en los bolsillos, imitando un soldado inglés.

//

En mi barrio todas las casas eran iguales, de llegar muy borracho una noche cualquiera, atinar a la casa propia sería toda una prueba. Así conocí a A. Me despedí de B en algún momento entre las 3 y 4 de la mañana. Habíamos tomado hasta la médula. Después del café todo había sido cerveza, aguardiente y cigarros. Sumado al sereno que respirábamos cada vez que salíamos a echar una pitada afuera del bar. Estuvimos riéndonos de la palabra sereno, tanto tiempo, que perdí la noción del momento en que nos separamos. Me bajé del taxi trastabillando e ingresé en el portal de mi casa o eso creía. Saqué las llaves de mi chaqueta, como pude, e intenté abrir la puerta. Acertar al ojo de la cerradura fue toda una proeza, digna de un valiente de las copas, sin embargo, al lograrlo, no conseguí abrirla, la llave no giraba. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pudieron haber sido horas o simples segundos, nada parecía tener principio ni fin en aquel momento. No te imaginas cuanto tiempo he durado ahí tratando de abrir, y eso que yo sí tenía la llave correcta. Giré hacia mi izquierda. Era la voz de una mujer.

– Intenta deslizando un poco la mano hacia la izquierda, tal vez ceda… No aseguro nada, pero, puede que funcione.

Su risa fue prolongada y suave, como si quisiera que durara toda la noche. A estaba sentada en el balcón de su habitación. Un pequeño espacio que tenía adornado con unas cuantas macetas. Tenía los brazos cruzados sobre la barandilla y el cuerpo tirado hacia delante. Estaba fumándose un cigarrillo y me había visto llegar. ¿Por qué estás en mi casa? Pregunté. A calmó su risa tenue y botó una carcajada profunda.

–¡Hombre!, la tienes viva, no te has dado cuenta de que esta no es tu casa. Si me dices cuál es el número de la tuya, hasta podría señalarla desde aquí.

Mientras A me estaba hablando, yo seguía intentando abrir la puerta, no creía que esa no fuese mi casa. Sin darme cuenta, hice demasiada fuerza sobre la llave y la rompí. Esto activó una alarma en la casa. De inmediato, las luces se prendieron y en un efecto dominó se esparció por toda la cuadra. Unos minutos después tenía al papá de A apuntándome con un arma, mientras la vecina de al lado llamaba a la policía. Dejé caer el pedazo de llave que aún tenía y me arrojé al piso. Desde su balcón A seguía cagada de la risa. No paró en todo lo que duró el embrollo. Su padre me tuvo en el suelo por más de 20 minutos, preguntándome qué putas estaba haciendo ahí. Yo solo podía repetir que esa era mi casa, que yo vivía allí. Esto encabronó más al papá de A, quien engatilló con su arma y me la puso justo en la coronilla. Alrededor, los vecinos empezaron a llegar armados con pistolas, palos y cuchillos, incluso mi mamá llegó con la tapa de una olla. La angustia la había sacado de la cama, había estado escuchando muchos rumores en los últimos días. Cuando me vio en el suelo arrojó la tapa al suelo y se abalanzó sobre mi. Me preguntó qué hacía allí y le explicó al padre de A que yo vivía a la vuelta, en la manzana de atrás. El hombre bajó el arma. Me miró a los ojos y escupió en el suelo. Déjalo papá, está borracho, lo vi desde el balcón llegar en un taxi. resolvió decir A, aún con una pequeña sonrisa en su rostro. Cuando la policía arribó yo ya me había quedado dormido en el suelo. Mi madre tuvo que entrarme a rastras. Los vecinos volvieron a sus hogares con las ganas de sangre intactas, mientras que la policía estuvo custodiando mi ingreso a la casa para que los madrazos de algunos, no se convirtieran en golpes o algo más.

Al otro día, A llegó a mi casa. Había traído cigarros en son de paz. Cuando la vi en la puerta de mi casa no logré reconocerla. El guayabo que tenía era descomunal. Me contó todo lo que había sucedido la noche anterior y como mi mamá me había salvado la vida. Me ofreció disculpas por no haber hecho nada para sacarme del lío, pero confesó que nada la había hecho reír tanto como hasta esa noche. Mi madre había salido desde temprano y yo hasta ahora me levantaba, supongo que me esperaba un buen regaño más tarde.

A era una mujer que no se callaba nunca. Usaba el cabello recogido en una gran cola de caballo. Dejaba ver su gran frente y las pecas que tenía sobre las mejillas. Tenía la boca pequeña y los labios muy delgados, pero esto era difícil de notar, todo el tiempo estaba riendo, como evitando que los demás nos percatáramos del tamaño de su boca. Sobre la nariz tenía un trozo de esparadrapo. Odiaba el bulto en su tabique, refunfuñaba todo el tiempo, así que lo cubría, fingiendo un barro, grano o cualquier otra cosa. Estuvimos hablando por más de una hora, entre los pormenores de mi borrachera y la colección de armas de su papá, que había estado aumentando durante los últimos días. Mi madre llegó a la mitad de la charla con A, cargaba dos bolsas, repletas de comida. Me señaló el taxi que estaba afuera, sin pronunciar palabra. De inmediato corrí y empecé a desempacar todas las cosas que había comprado. Había cinco cajas, todas llenas de cosas. Cada una llevaba un tipo específico de víveres. Pastas, granos, sopas instantáneas, arroz, aceite, enlatados… Cientos de provisiones, suficientes para pasar bajo tierra una buena temporada, pensé mientras llevaba las cajas a la sala. Mi madre continuó su labor sin mediar palabra. A siguió fumando en el corredor de la casa, silenciosa y estática no tenía la mínima intención de ayudar con las cajas. Una vez terminado el abastecimiento, A volvió a ofrecerme un cigarro. Me negué al segundo, le dije que lo estaba tratando de sacar de mi vida, que poco a poco terminaría por abandonarlo. Dejó ver una sonrisa irónica y encendió su tercero del momento.

Tras la última calada, se despidió y me dijo que pasaría más tarde. Estaba aburrida en casa, no hacía nada más que fumar, desde que habían suspendido las clases en su universidad. Al parecer los rumores habían llegado hasta los oídos del rector y todo allí se había vuelto un caos. Hizo un movimiento con su mano derecha sobre su cabeza, aduciendo que todos en la universidad estaban locos. Cerré la puerta tras de mi y fui por un vaso de agua fría, la cabeza me estaba matando.

//

Se especulaba de un encierro total. Los supermercados estaban vacíos y las tiendas de barrio vendían a precios absurdos lo poco que les quedaba. Intenté muchas veces comunicarme con B, pero lo único que tenía de él era una selfi en mi celular y un número en el que nadie contestaba. A mudó su espacio para fumadores, a mi portal. Yo salía con una taza de café y unas galletas de chocolate, había optado por sustituir la nicotina, por las endorfinas del cacao. El número de cigarros que fumaba A era proporcional al de las galletas que comía. Mi madre había vuelto a hablarme, no sé si era por mi batalla contra el cigarrillo o porque se me empezaban a notar en los cachetes la acumulación de endorfinas. A veces, nos llevaba vasos de leche para pasar la tarde. Con A inventamos un juego llamado Persona. Cada vez que viéramos pasar a alguien y alguno de nosotros dijera: persona, teníamos el derecho a pegarle al que no lo dijera. Era bastante divertido, considerando que la cantidad de gente que pasaba por la calle era ahora casi nula. Yo había cambiado totalmente mis hábitos, me duchaba en la noche cuando A se iba para su casa y pasaba el resto del día con el pijama puesta. Hacía llamados constantes a B, le marcaba en la mañana, al medio día y en la puesta del sol. Nunca respondía.

Una tarde, mientras A estaba terminando de fumar, el sol empezó a ponerse más temprano que cualquier otro día. Volteé a mirar a A y noté su cara de asombro, había dejado su cigarrillo entre los labios.

–Hoy ha sido un día muy extraño.

–Es cierto, dije. Está haciendo frío.

–Nadie ha pasado. No te he pegado ni una vez.

–Es cierto, volví a decir.

–Tu mamá no nos ha traído leche

–Ajamm

Cuando el sol se ocultó tras la montaña, todo el cigarrillo de A se había consumido. En ese instante mi celular empezó a vibrar. Contesté. Era B, su voz sonaba distante, como si estuviera pensando en otra cosa. Lo podía imaginar mirando el suelo, buscando algún significado en las estribaciones de las baldosas. Me dijo que había estado trabajando en unas cosas personales, que por fin estaba libre. Se ofreció a invitarme un trago, por el café de la vez pasada. Le pregunté que si no se había dado cuenta de lo que pasaba en la ciudad. No había ningún bar o tienda abierta. En el teléfono su risa retumbó. Sí hermano, respondió. Un tipo me dejó una caja con comida y un par de polas, aquí las tengo. Justo entonces, toda la calle quedó a oscuras, los rayos del sol se habían escondido totalmente. ¿Usted dónde anda, le pregunté? B dijo que estaba cerca de la plaza mayor que me iba a esperar ahí. So voz dejó de sonar y la llamada se cortó. ¿Quién era? Pregunto A, un amigo dije. Tiene cervezas. Vamos para allá, respondió. Se puso de pie en un segundo y limpió la tierra de sus nalgas.

–¿Dónde está?

–Pero si no hay luz, ¿cómo putas vamos a ir allá?

–Le pido el carro a mi papá

–¿Cómo si fuera tan fácil?

–Lo es. Entro a la casa, saludo a mi papá, saco el carro y vamos por esas polas.

–¿Estás loca?

Por la cara que puso A, supuse que no aceptaría un no como respuesta. Le miré a los ojos y le dije que me esperara, primero tenía que ponerme ropa e iríamos. Ella asintió y encendió otro cigarro. Dejé mi celular en el suelo y entré a la casa. Cuando salí de nuevo, A no estaba. Había dejado su cigarrillo a medias, aún estaba prendido. Mi celular tampoco estaba. ¡Esta maldita loca! Grité. Bajé corriendo las escaleras del pórtico y salí hacia su casa. El cielo se empezó a iluminar, me detuve un momento y miré hacia arriba. Cinco helicópteros rondaban encima de la ciudad. Las hélices retumbaban en la calle. Continué corriendo y llegué a la casa de A, todo estaba apagado. Me acerqué a la puerta y empecé a golpear. Diez segundos después un ruido de sirenas empezó a inundar el barrio, seguido de voces amplificadas que venían desde los helicópteros. La orden era encerrarse en casa. Golpeé más fuerte en la aldaba de la puerta de A. Las luces no se encendieron. Nadie salió. Decidí regresar a mi casa y esperar que A llamara. Llegando, un grupo de vecinos con armas, estaba patrullando la calle, golpeando en todas las puertas. Uno de ellos se me acercó corriendo y sin previo aviso me pegó con la culta de su pistola. Escuché un ruido de estática que invadía el barrio, mientras el mundo me daba vueltas. El cielo se me había apagado.


El mundo c… ...o conocen……ha…..gado…fin

Quienes c.. eran…líde…

..no…están…

El..nu..vo..or…en está…en…

Ya..no..son….

…….manos.


Carlos Andrés Cazares

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