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Medios de comunicación en la era de la aceleración social en Colombia


© Imagen IMA Comunicaciones



En medio de la profunda división de posturas que desgarran la unidad social en el país, a saber, la imposibilidad de establecer consensos proyectivos entre personas presenciantes (el término es de Lukács) de los fenómenos sociales que nos afectan, el panorama con respecto al sobreexplotado concepto de “construcción de país”, se avizora cada vez más irreconciliable en el marco del denominado mundo moderno (Wellmer, 1996).


Lo anterior, quiero resaltar, no es una lectura negativa sino crítica, de los procesos relativos a la comunicación entre sujetos; a la ausencia de una ética cívica dotada de valores comunitarios, menos individualistas; y en procura de luchar contra la reviviscencia del valor bélico por excelencia del siglo XX: la distinción amigo-enemigo[1] que imperó en los regímenes totalitarios de época.


Esto, solamente tiene la pretensión de generar respuestas sociales resonantes frente a los problemas sistémicos que impiden avanzar en los consensos claves que necesita el país: reformas sociales e institucionales, acceso a la justicia y la verdad para la no repetición del conflicto armado, diálogos de paz, participación efectiva de la ciudadanía y garantías en el acceso a la información, por mencionar algunos. En otras palabras, la crítica no pretende generar malestares culturales o una eterna dialéctica negativa que se sustenta en la pérdida de la razón, sino la posibilidad de originar conciencias móviles que transformen las grietas sociales identificadas.


[1] Ver El concepto de lo político de Carl Schmitt (1991)



Aunque el problema aquí descrito no obedece a una única causa, resulta interesante proponer un puente teórico entre lo que Hartmut Rosa llama el régimen de la aceleración social como matriz de alienación general del mundo moderno-tardío (Rosa, 2016 y 2019), los medios de comunicación hegemónicos y sus sesgos ideológicos, y la emergencia de los medios de comunicación alternativos como representación de la opinión pública real en el país, apelando a una ética comunicativa de suma relevancia para la recuperación de la voz general de la sociedad como superación de la hegemonía mediática en el país, que solo reconoce a determinados grupos sociales.


En primer lugar, bajo el régimen de la aceleración, que Rosa lo define como la incesante necesidad social de crecer, acelerarse y condensar la innovación para mantener, según sea el caso, su estructura o su statu quo (2019), hay una doble implicancia, tanto de las personas, como de los medios de comunicación. Las personas son víctimas de la aceleración cuando su forma de relacionarse con el mundo es precoz e inmediatista, y esta no les permite reflexionar críticamente sobre los problemas que su contexto arroja constantemente sobre sus vidas; del mismo modo que los medios de comunicación, al incorporarse a una lógica de aceleración política y mercantil, no tienen interés en ofrecer al público información veraz, detallada, objetiva y crítica, sino adiestrada por el régimen acelerado que les imponen, a través de la necesidad de un capital político y económico, una obligación en términos de views, interacciones digitales y número de publicaciones diarias, sea cual sea la calidad de estas.


Producto de este fenómeno, los medios de comunicación hegemónicos recaen en la desinformación y en la ausencia de una ética comunicativa en la producción de información. Para ilustrar mejor este tema, el profesor Óscar Mejía Quintana, en su texto Cultura política democrática y cobertura informativa en Colombia (Mejía, y otros, 2009), nos ofrece una matriz de criterios de medición para la imparcialidad, objetividad y equilibrio en la información emitida por los medios de comunicación, que resulta necesario aplicar en el departamento del Tolima, procurando la crítica a la desinformación, fundamentada en soportes técnicos rigurosos. Sugiero revisar los resultados derivados de la aplicación de esta matriz en los estudios citados, para un mejor panorama.



Tabla 1. Matriz para la medición de imparcialidad, objetividad y equilibrio en la divulgación informativa de los medios de comunicación




Fuente: (Mejía, y otros, 2009, como se citó en García-Arango, 2020)

Los criterios de imparcialidad se subdividen en equilibrio y neutralidad de la información; y la factualidad, del mismo modo, en verdad y relevancia. La identificación de estos elementos en la comunicación mediática, como sostiene García-Arango (2020), retomando a Mejía (2009), permite “distinguir el hecho de la opinión (…) evitando la incertidumbre y la redundancia en las noticias”, y generar credibilidad, confiabilidad y relevancia en la información publicada.


De este modo, cuando se identifica el problema, resulta pertinente generar otras formas de comunicación contrahegemónicas que disminuyan el impacto negativo de la desinformación, cuyas repercusiones pueden verse materializadas en la elección de gobernantes, odios infundados, daños a bienes públicos, fragmentaciones sociales que generan episodios de violencia, entre otras. Estas formas de comunicación, desde mi punto de vista, recaen como un faro de esperanza en la responsabilidad política y cultural de los medios de comunicación alternativos o, como prefiero llamarlos, medios de información contrahegemónicos que, a través de una postura crítica, desacelerada e informada correctamente, permita ejercer un contrapeso frente a la desinformación mediática.


Esta ética comunicativa bajo la cual es menester que operen estos medios de comunicación contrahegemónicos se traduce, fundamentalmente, en la aplicación del principio del discurso habermasiano: “válidas son aquellas normas a las que todos los que puedan verse afectados por ellas pudiesen prestar su asentimiento como participantes en discursos racionales” (Habermas, 2005), en donde si bien el autor se refiere a la razón comunicativa en la construcción de derecho, se puede traducir en este caso como la validez del discurso en una situación dada, bajo la cual el informante debe dar cuenta de la afectación desde la perspectiva de los afectados, a saber, en un hecho cualquiera, el primer afectado (o la víctima), el experto, la contraparte y el funcionario público.

Dicha consulta debería garantizar la completitud de la noticia.


Finalmente, el propósito de los medios de comunicación contrahegemónicos es incorporarse dentro del espectro real de la opinión pública, a través de la forma de representación civil y comunitaria. Basta de pensar que los medios de comunicación tradicionales representan la opinión pública, pues su carácter privado los ubica en una esfera de otro tenor. Opinión pública no necesariamente es mayor reconocimiento informativo, no es la mayor cantidad de visualizaciones en redes, es la voz directa de los afectados. A mayor cultura política crítica, menor alienación producto de la desinformación. Y la solución para ello no radica en acabar los medios privados de comunicación, sino en promover ejercicios ciudadanos de corrección frente a sus prácticas sesgadas.



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