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Repensar el recorrido del Desfile: una conversación necesaria

¿Y si amar el Festival Folclórico Colombiano también significa atrevernos a repensarlo?

Por: Ana María Galindo Pardo


Imagen: IMA Comunicaciones ©
Imagen: IMA Comunicaciones ©

El Festival Folclórico Colombiano constituye la manifestación cultural más importante de Ibagué y una de las expresiones folclóricas más representativas del país. Desde su creación en 1959, ha recorrido las calles de Ibagué como una expresión viva de la identidad tolimense. En sus primeras ediciones, los desfiles transitaron por la carrera Tercera y diferentes calles del centro de la ciudad. Con el paso de los años, la carrera Quinta terminó consolidándose como el gran escenario del desfile, convirtiéndose en un referente de la memoria colectiva de varias generaciones.

 

Durante décadas, la carrera Quinta ha sido el escenario donde convergen la música, la danza, las comparsas, las carrozas y la memoria colectiva de generaciones. No obstante, el crecimiento sostenido del Festival obliga a formular una pregunta que desde hace algunos años ronda en el ambiente, respecto al cambio de lugar para la realización de los desfiles: ¿la ciudad del siglo XXI sigue teniendo las mismas condiciones urbanas para albergar un desfile concebido décadas atrás, en una realidad muy distinta a la de hoy?

 

Esta no es una discusión entre quienes aman el Festival y quienes no. Tampoco es un debate entre tradición y modernidad. Es, ante todo, una reflexión sobre planificación, sostenibilidad, seguridad y responsabilidad con el patrimonio público.

 

He vivido el Festival Folclórico Colombiano durante muchos años, no solo como espectadora, sino también como artista y gestora cultural. He desfilado por la carrera Quinta, sintiendo la emoción de encontrarme con un público que celebra nuestras tradiciones, y espero cada año la llegada de estas fiestas como el momento más esperado del año. Amo profundamente el Festival porque representa nuestra identidad, nuestra memoria y el trabajo de miles de personas que mantienen vivo el folclor tolimense. Precisamente por ese cariño y ese compromiso con esta celebración deseo plantear una reflexión, no para cuestionar el Festival, sino para aportar al debate con espíritu crítico, pensando no solo en el presente, sino en las generaciones que lo heredarán.

 

Algunos hechos registrados durante la edición de este año invitan a esa reflexión. La afectación de los jardines del separador central de la carrera Quinta; el incidente provocado por una carroza de gran altura que impactó las redes eléctricas y obligó a suspender el desfile durante un tiempo; las dificultades de movilidad y el manejo de residuos son situaciones que no pueden analizarse como hechos aislados. Son síntomas de un evento que ha crecido más rápido que la infraestructura que lo recibe.


Carrera 5ta entre calles 41 y 42 - Imagen: IMA Comunicaciones ©
Carrera 5ta entre calles 41 y 42 - Imagen: IMA Comunicaciones ©

Naturalmente, la cultura ciudadana debe seguir fortaleciéndose. El respeto por el espacio público es una obligación de todas las personas. Sin embargo, sería ingenuo pensar que un evento que congrega durante varias horas a cientos de miles de personas, muchas de ellas consumiendo bebidas alcohólicas y permaneciendo de pie durante toda la jornada, puede depender únicamente del comportamiento ejemplar de sus asistentes. La administración pública tiene el deber de planificar sobre escenarios reales y no sobre escenarios ideales. Esto no exonera a quien afecta el jardín, pero sí obliga a la institucionalidad a adoptar todas las medidas preventivas necesarias para proteger el patrimonio colectivo.

 

De igual manera, el incidente con las redes eléctricas abre nuevamente una discusión que la ciudad conoce desde hace años. La necesidad de avanzar en el soterramiento de las redes de servicios públicos no es una propuesta surgida a raíz del Festival. Hace parte de la visión de ciudad contenida en instrumentos de planificación de este municipio y ha sido reiterada por diferentes sectores como una apuesta para modernizar el paisaje urbano y mejorar el uso del espacio público. Lo ocurrido durante el desfile simplemente puso en evidencia una realidad que la planificación territorial ya había identificado y que la ciudad continúa esperando.

 

Incluso suponiendo que mañana todas las redes estuvieran soterradas y que las medidas de protección sobre las zonas verdes fueran las mejores posibles, seguiría existiendo un tema de fondo: la carrera Quinta no es únicamente un escenario para el Festival. Es la principal arteria vial de Ibagué. Este corredor deja de prestar su función cotidiana durante varios días mientras la ciudad adapta su principal eje de movilidad para convertirlo en un recinto temporal destinado a graderías, palcos, tarimas, ventas, cerramientos y dispositivos logísticos.

 


Antes de decidir si el recorrido debe mantenerse o cambiar, la ciudad debería promover un estudio que evalúe la capacidad real de este corredor: un análisis que determine la capacidad de carga de la vía frente al número de asistentes; el impacto sobre la movilidad; la afectación para el transporte, el comercio y la ciudadanía; los riesgos asociados a la evacuación y la atención de emergencias; el deterioro del patrimonio ambiental y del mobiliario urbano; y los costos anuales de montaje, protección, reparación y recuperación del espacio público.

 

La experiencia de otras ciudades demuestra que las grandes fiestas populares también evolucionan. El Carnaval de Barranquilla, por ejemplo, no siempre recorrió la Vía 40. Durante buena parte de su historia transitó por el centro histórico. Sin embargo, el crecimiento del evento hizo necesario trasladar sus principales desfiles a un corredor con mayor capacidad logística, mejor infraestructura y condiciones más adecuadas para recibir cientos de espectadores. En su momento también existieron voces que consideraban el cambio una ruptura con la tradición. Hoy, el Cumbiódromo es parte inseparable de la identidad del Carnaval y nadie podría afirmar que la fiesta perdió su esencia por haber cambiado de escenario.

 

Ibagué no tiene por qué copiar ese modelo. Cada ciudad escribe su propia historia. Pero sí puede aprender una lección fundamental: las manifestaciones culturales más importantes no permanecen vigentes por aferrarse a las mismas condiciones físicas de hace medio siglo, sino porque las ciudades tienen la capacidad de planificar su crecimiento.

 

Ibagué podría encontrarse en un momento similar. Mantener el recorrido histórico es una opción válida, pero ello exigiría inversiones profundas en infraestructura urbana: soterramiento de redes, protección permanente de las zonas verdes, adecuación del mobiliario urbano, fomento de la cultura ciudadana, fortalecimiento de los dispositivos de seguridad y rediseño integral del espacio público para soportar un evento de esta magnitud.

 

Si el propósito es que el Festival Folclórico Colombiano continúe creciendo como el principal símbolo cultural del Tolima y la Nación, quizá el mayor acto de amor por la tradición consista, precisamente, en tener el valor de pensar, desde ahora, cuál es la ciudad que esa tradición necesitará mañana, ya que la grandeza de una tradición no se mide por su resistencia al cambio, sino por la capacidad de adaptarse sin perder su identidad.

 

Amar el Festival no significa conservarlo exactamente igual para siempre. Amar el Festival también implica tener el valor de pensar cómo garantizar que las próximas generaciones puedan disfrutarlo con mayor seguridad, mejor infraestructura, menor impacto ambiental, una ciudad preparada para recibir, con orgullo, la mayor celebración de su identidad cultural.

 

El verdadero patrimonio del Festival Folclórico Colombiano no es una avenida específica; son sus músicas, sus danzas, sus maestras y maestros, sus artesanas y artesanos, sus carrozas, sus embajadoras, sus artistas y la memoria colectiva que cada año renueva el orgullo de ser ibaguereños y tolimenses. Quizá ha llegado el momento de que, precisamente por amor al Festival, la ciudad empiece a preguntarse dónde podrán desfilar nuestras tradiciones durante los próximos cincuenta años, sin renunciar a su esencia y con una ciudad preparada para acompañar su crecimiento."

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